Amanecí junto con el sol, y venciendo a la pereza, me levanté. Me propuse aprovechar la mañana organizando cosas.
Quise cambiar la rutina de desayunar leyendo el diario para darle una segunda oportunidad a ese libro que no había querido conectar conmigo hace unos años.
Estaba casi escondido en la biblioteca, quizás como una penitencia por haberme rechazado en otros tiempos.
Un sorbo de café despabilador ayuda a abrir el libro. Me sorprende una hoja arrugada, con más tachaduras que palabras que me lleva instantáneamente al pasado:
“Acá estoy, escribiéndote porque es mi única manera de llegar a vos. Quisiera que hablemos pero hoy no tengo voz para decirte.
Necesito urgente desanudar de palabras mi garganta.
Te debo esta carta, lo sé. Y vos también…”
La lectura del libro se ve postergada nuevamente, es momento de acomodar el nudo.
“Acá estoy, escribiéndote porque es mi única manera de llegar a vos. Quisiera que hablemos pero hoy no tengo voz para decirte.
Necesito urgente desanudar de palabras mi garganta.
Te debo esta carta, lo sé. Y vos también.
El tiempo se nos pasó demasiado rápido, nueve años para ser más exacta, desde la última vez que nos vimos.
Te extrañé apenas te fuiste, te extraño a penas hoy.
Sin embargo, no apelé a culpas ni reclamos; yo y esa no necesidad de buscar culpables a veces.
Debería haber llorado más, porque claro, la puta madre ¡no sabés cómo te extraño!
Ahora tengo todas estas palabras que no dije dando vueltas, sin arrepentimiento pero con un tinte de lástima.
Quería que te quedaras, no como algo imprescindible sino porque hacías mis días más luminosos. Y yo le daba a tus días viento, como un torbellino (me lo dijiste varias veces, con menos eufemismos).
No sé si es necesidad de vos lo que siento, pero se le parece bastante.
Me nublo a menudo, ¿sabés?, y me queda el sinsabor de anhelar esas charlas con vos, con un cabernet como cómplice.
No sé por qué fui tan mezquina con los «teamos»...como si se gastaran por decirlos. Aunque, si lo pienso bien, te dije varios eh; muchos en forma de abrazos y otros actos que sólo nacen si hay amor.
¿Sabés de qué me arrepiento? De no decirte nada acerca de esta admiración que siempre te tuve (y te tengo). Es característica de los héroes no saberse tales… y vos no sos la excepción a ello.
Me hubiera gustado contagiarme algunas cosas de vos, pero viste...yo soy medio terca, volátil, y bohemia. Soy un desastre simpático, podríamos decir.
En cambio vos, con tu paciencia y tranquilidad, me calmabas los mares revueltos. Con una palabra o un buen grito.
Necesito mucho de ambos, creo que más gritos que palabras. Y el abrazo al final, por supuesto.
Mi teléfono no suena, pero también sé que cuando suene no vas a ser vos.
Te extraño tanto que ni siquiera miro tus fotos, aunque tengo miles imágenes mentales que evoco a menudo.
No tendría que haber sido tan dura para decirte las cosas. Y cuando hablo de dureza, hablo de no decirlas. De eso también me arrepiento.
Este nudo en la garganta enjuagó las palabras con lágrimas.
Las palabras son todas tuyas ahora; y las lágrimas, de la que suscribe.
Todas las lágrimas se secan, no te preocupes por eso. Tengo un montón de recuerdos hermosos para equilibrar la balanza.
Aunque claro, la puta madre ¡no sabés cómo te extraño!
TE QUIERO Y TE EXTRAÑO, HOY.
PD: Como no sabés lo que te extraño, minimicé un poco bastante lo que siento, y acabo de contártelo.
Doblé la carta en el modo que lo hago siempre, sin releerla ni un poco.
No busco un sobre para guardarla, esta vez no es necesario.
Me prendo un cigarrillo y lo consumo lentamente mientras rebobino los años.
Cigarrillo en mano, y entre lágrimas, quemo la carta.
Mi deuda con vos está saldada.
Y por fin, el libro conectó conmigo.